El tobogán

En el sueño, Mateo se ve así mismo a punto de lanzarse por un tobogán. No es uno de esos deslizaderos enormes que alcanzan la categoría de atracción (de ahí la denominación parque de atracciones), ni de esos artefactos acuáticos en forma de zig-zag que producen mareos sólo de verlos. Este es un tobogán metálico, rojo, aunque con la pintura algo descascarillada, en mitad de un parque humilde y rodeado de árboles, animales y personas.

Mateo se agarra con sus manos a los barrotes ovalados que tiene a ambos lados (le parecen dos orejas gigantes), toma impulso y se deja caer. Pero extrañamente y sin saber cómo, se queda atascado en mitad de la pendiente. Durante unos instantes, trata de liberarse con zarandeos, adelante y atrás, adelante y atrás, pero lo único que siente debajo es el metal cada vez más frío.

No lo entiende, sabe que no está especialmente gordo (al menos no tanto como para provocar esta situación tan lamentable). Intenta incorporarse haciendo presión  con las palmas de sus manos sobre los bordes que sobresalen a ambos lados, pero no consigue despegarse ni un milímetro (ahora, además de gordo, se siente un flojo).

Una niña, que hasta el momento ha estado jugando con uno de esos columpios que tienen como asiento un neumático desgastado, se acerca, le dice tímidamente algo que Mateo no llega a entender y se va corriendo, risueña, mientras él se queda pasmado viendo cómo sus bonitas trenzas se balancean libres.

Pronto, el lugar se llena de niños curiosos y adultos incrédulos. La madre de Mateo, que ha sido de las primeras en llegar, no da crédito a lo que está viendo. Se esfuerza por levantar al niño agarrándolo por debajo de las axilas, luego le estira de las piernas con tanta vehemencia que le acaba sacando los zapatos. Desesperada, llega a subirse a horcajadas al tobogán (y casi a Mateo), pero no consigue sacar a su hijo de allí. El niño está literalmente fijado al tobogán. Es una parte más de él.

Al ver los ojos suplicantes de su madre (no recuerda haberla visto nunca así), él también empieza  a  llorar.

Mateo, que continúa profundamente dormido, contempla desde fuera la situación con nerviosismo, incluso ha comenzado a sudar, a pesar de que en su habitación la temperatura es siempre de veinte grados. Lo ve todo como si fuera un espectador delante de una pantalla mal enfocada. Se siente como una gigantesca piedra metida en un zapato de tacón de color rojo, como los de Dorothy en el mago de Oz, pero este tobogán no tiene nada de mágico, y mucho menos de divertido.

Mientras tanto, entra en escena un vigilante de seguridad de aspecto indolente que finge una mínima preocupación apuntando algo en una pequeña libreta que parece recién estrenada. Al poco, el camión de bomberos aparece alborotada y ruidosamente en el parque arremetiendo contra la seguridad de todos y  arramblando varias papeleras hasta entonces repletas de periódicos, restos de bocadillos mordidos y bolsas de golosinas vacías (cualquiera diría que han accedido a su propio parque y no a uno público repleto de personas). Inútil también es el esfuerzo de estos, que finalmente deciden que van a arrancar el banco del suelo. Del vehículo se extienden dos enormes palancas negras  y puntiagudas que parecen las pinzas de un monstruoso cangrejo y se enganchan a ambos lados de la pendiente del tobogán, pero en ese mismo instante, el sueño de Mateo se desvanece.

Ante sus ojos está la cara de su madre, iluminada por la primera luz del sol. Siente cómo sus manos le acarician el pelo fino y húmedo. Cariño, estabas soñando, dice la voz dulce y pausada de ella, que como cada mañana desde hace poco más de un año, ya tiene preparada la silla de ruedas de Mateo al lado de su cama.

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Acerca de Adrián

Me gusta contar y no hablo de matemáticas.
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