El payaso bueno

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Del contenedor sacó unos cuantos retales con los que cosió los pantalones. Una correa de perro le sirvió para hacerse unos tirantes que grapó a su camiseta interior. Roció su cara con la harina que le habían dado en el centro social. Se dibujó unas grandes ojeras con betún y los restos de una barra de labios le bastaron para convertir su boca en una sonrisa enorme. Se calzó los zapatos negros de payaso que había tomado prestados de la tienda de disfraces y salió del callejón, no sin antes meter sus pies en una gran montaña de tierra. En la acera de enfrente contempló la silla vacía. Y junto a ella, el niño, en cuclillas, jugando con el cepillo. ¿Puedo? Le preguntó doblando su espalda. Sus diminutos ojos se abrieron de par en par al ver aquellos zapatones. Hacía mucho que no veía sonreír a su hijo.

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Acerca de Adrián

Me gusta contar y no hablo de matemáticas.
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2 respuestas a El payaso bueno

  1. Todo por una sonrisa… Muy bonito!!

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