Humo

 

Ilustración de María Portela Leal

Ilustración de María Portela Leal

—¿Has terminado con la lata? —pregunta el hombre, entornando los ojos a consecuencia de su última calada.

—Sí, ¿por?

—No la tires. Si quieres podemos irnos ya.

Ambos se levantan. Aunque caminan juntos, él es quien marca la dirección. Hace mucho que un ejército creciente de canas ganó la partida a un pelo oscuro y fuerte, pero en esencia se ha mantenido íntegro. Transmite confianza. Su cara es el reflejo de alguien que ha encontrado su lugar en el mundo.

—¿Hacia dónde vamos? —Se le nota algo inquieta.

Hoy lleva recogida su larga melena pelirroja. Aunque es mucho más joven que él, acontecimientos recientes le han hecho sentir que envejecía demasiado rápido. Quizás todavía esté a tiempo de recuperar el tiempo perdido.

—¿Estás nerviosa?

No hay respuesta alguna, pero no es que le ignore, más bien se encuentra reflexionando sobre la decisión que ha tomado hace apenas unos días.

—¿Me permites? —el hombre hace un ademán de ayudarle con la bolsa de mano que transporta.

—Tranquilo, casi no pesa.

—No seas tan cruel. Soy un viejo. Si te lo pido es precisamente para no sentir que lo soy.

—Está bien.

— Es como si estuviera vacía. Mira —y la eleva hasta la altura de su cabeza.

—Cuidado, no se vaya a…— deja su frase sin concluir.

—Hace más de una hora que nos conocemos, llámame de tú, por favor. Cuando uno viaja es mejor ir ligero de equipaje. Y en este caso con más razón. No digo que haya que renegar de lo que hemos vivido, pero sólo se puede empezar una vida nueva si se hace desde cero.

—¿Para qué es la lata?

—Una tontería. Para hacer una bomba de humo.

—Muy adecuado…—después de unos segundos, se anima a continuar —¿Y cómo se hace?

—Tienes que mezclar en un recipiente nitrato potásico con azúcar. Por otro lado, llenas una olla con agua y la calientas, como si fueras a hervir la pasta. Introduces el mejunje ahí. Y lo remueves. Cuando notes que toma un color similar a este —se señala el forro marrón de su chaqueta— y espese, lo dejas. Luego cortamos el bote por aquí —su dedo índice rodea la parte superior del mismo haciendo una circunferencia—, pero sin separar las partes del todo.

—¿Y entonces?

—Pones la mezcla en el bote y unes las dos partes con cinta aislante. Luego se coloca una mecha en el agujero de la lata y con este —palpa el mechero que hay en el bolsillo de su camisa— haces que salga el humo. Y no tiene porqué ser gris, puede ser del color que tú quieras.

—¿Y el nitrato sódico de dónde sale?

—De la farmacia. Eso sí, no digas que es para hacer una bomba de humo. En Internet también lo venden.

—¿Te encuentras bien? Pareces fatigado.

—El enfisema, que me da la lata…como tú.

—Muy ingenioso. —En su cara aparece un esbozo de sonrisa.

—A veces es como si alguien me cogiera del cuello y no me dejara respirar. Pero tranquila, no es nada.

—Si necesitas que paremos…

—No falta mucho. Además, tendrás ganas de llegar.

El silencio es su única respuesta. Parece estar imbuida en sus propias cavilaciones.

—¿Hay gente muy rara allí?

—Yo diría que hay personas valientes, que antes o después se han atrevido a vivir. Algunos no duran ni una semana, otros se quedan hasta el final de sus vidas.

—¿Por qué viniste?

—Mi mujer murió de cáncer. Fumaba demasiado. Digamos que llega un momento en que un hijo supera a su padre en todo. No fui capaz de soportarlo.

—¿Has sabido algo de él?

—Le va bien, tiene una familia feliz. Me alegro de verdad. ¿Quieres uno? —y saca una caja de tabaco de su bolsillo—.

—No fumo. Nunca lo he hecho. Y tú no…

—Vaya —le corta— eso sí que tiene mérito. ¿Y qué excusa pusiste entonces?

—La misma que todos. Dicen que el amor es ciego. Y es verdad.

—Ya casi hemos llegado. Volviendo a lo de la gente rara, creo que te llevarás bien con Sara, sois parecidas en algunas cosas, ella se marchó de casa el día que cumplió dieciocho y ahora está muy feliz. Uno de mis mejores amigos, Luis, tiene una historia bastante dura. Perdió a sus hijos en un accidente de coche, solo se salvó la mujer. Han pasado casi veinte años y sigue enamorado de ella, pero no ha sido capaz de volver a verla: cada palabra, cada gesto, cada rutina le recordaba lo ocurrido. También está Jacinto, el cura, que sintió la llamada, pero a la inversa, y dejó de oficiar misas. No veas cómo le gustan las mujeres.

—¿Por qué crees que huimos?

— Porque somos conscientes de que aunque nos miremos cada mañana en un espejo y veamos nuestros ojos, nuestra boca, nuestro cuerpo, un día desapareceremos sin más. Como el humo.

— ¿Cómo sabías adónde iba cuando me viste? —la pregunta le descoloca por un instante.

— Por tus ojos.

— Vaya. ¿Eres iridólogo o algo así? ¿Sabes qué enfermedades voy a padecer? ¿Cuándo me voy a morir?

— Sé que vas a empezar a vivir. Simplemente vi unos ojos tristes. Y por cierto, muy bonitos. ¿De qué color son?

—No lo sé ni yo.

—Yo diría que son color ceniza. Tal vez sea una señal.

—Tal vez.

 

 

 

 

 

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Acerca de Adrián

Me gusta contar y no hablo de matemáticas.
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4 respuestas a Humo

  1. Pilar dijo:

    Esta muy bien, pero te quedas a medias. Deberías decirnos a donde van.

  2. riberaine dijo:

    Lo de ceniza no da buena espina

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