Levantar puentes

Fotograma de la película "Qué bello es vivir" (1946)

Fotograma de la película “Qué bello es vivir” (1946)

Soñó con ser poeta desde que tuvo razón, pero pasó siete años, con sus días y sus noches, amordazado por una carrera para la que no había nacido: ingeniería civil. Apenas tenía recuerdos de su madre, a la que perdió siendo muy pequeño. De su padre diremos que la única vez que le vio sonreír fue en el momento que recibió su diploma de graduado.

A los pocos meses, consiguió trabajo como ingeniero en una empresa encabezada por un hombre con muchos contactos, poco pelo y sin rastro de alma. La única satisfacción que le dio aquel lugar fue encontrar una excusa para irse a vivir solo. No compartió su vida con nadie porque no tuvo ni siquiera tiempo para planteárselo. Por las noches prefería garabatear nuevos versos antes que dormir. En un año perdió veinte kilos y su salud le dio un par de avisos serios.

La crisis económica se llevó por delante la constructora en la que trabajaba y aunque la distancia física que había establecido con su padre le había dado fuerza para enfrentarse a sus miedos, acabó cediendo y volvió a la luz blanca de su lámpara y al olor a papel nuevo de libros con los iba a hacer frente a unas oposiciones durísimas. Cuatro años de encierro más tarde, obtuvo su plaza como funcionario cuando ya había superado lo que se supone que es el ecuador de la vida de un hombre.

Vivía cómodo en su nuevo trabajo, se enfrentó a proyectos menores hasta que recibió su gran encargo: un puente de aluminio y hormigón que se elevaba más de cincuenta metros sobre el suelo, recortando el cielo como un sol naciente. O poniente, según se mire. A él le recordaba más bien a aquel sencillo medidor de ángulos que tenía en el colegio.

El día de la inauguración, la pasarela del puente se llenó de gente. Recibió decenas de felicitaciones, de las sentidas y de las de mentira. Cuando una de las personas que representaban al Gobierno apretó su mano, le pareció ver un atisbo de emoción en el rostro de su padre, ahora sobre una silla de ruedas, pero pensó que seguramente fue un reflejo porque desde hacía un año, había comenzado a perder la cabeza.

En grupos, por parejas o uno a uno, los asistentes se fueron marchando en un pequeño goteo. Su padre, empujado por una auxiliar de la residencia donde ahora vivía, se despidió con un gesto frío. Nunca fuimos capaces de levantar ningún puente entre nosotros, pensó al verle ir.

Cuando por fin se quedó solo, apoyó sus manos en la barandilla, cerró los ojos y se imaginó de pie sobre la misma, de espaldas, dejándose caer en el vacío como una losa inerte. La sola idea le conmovió. Se imaginaba el titular en las portadas de los periódicos al día siguiente: Un hombre construye un puente y luego se suicida lanzándose al vacío desde él.

Se quitó la corbata con decisión, luego la camisa, los zapatos, los pantalones, el cinturón. Hizo un montón con todo y lo lanzó lo más lejos que pudo. Cayeron poco a poco, planeando, como pájaros que disfrutan de su vuelo. Se asomó para comprobar cómo los restos del ingeniero habían quedado desperdigados por el suelo. Pura poesía, pensó.

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Acerca de Adrián

Me gusta contar y no hablo de matemáticas.
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