Primer mundo

Siempre que llueve, el recién llegado sale a la calle. Antes de que el cielo desparrame el chaparrón,  suele acercarse a la ventana y goza viendo cómo unas nubes se arriman a otras,  haciéndose una enorme y gris. Es entonces cuando toma el paraguas y abandona su techo durante un buen rato. Lo primero que hace es mirar al cielo y dejar que el agua golpee sus pómulos oscuros, como si fueran  lágrimas desorientadas que poco a poco van calando su ropa.  Y cuando siente que todo su cuerpo resbala y sus músculos están deseosos, abre el paraguas, lo pone del revés y permanece inmóvil mientras se va llenando y las raquíticas varillas tiemblan inseguras. Una vez que el agua rebosa las puntas, lo vacía en el árbol que ve más cerca. Luego, vuelve a casa, coge un puñado de paraguas envueltos en plásticos y se resguarda, sonriente, bajo cualquier voladizo.

Anuncios

Acerca de Adrián

Me gusta contar y no hablo de matemáticas.
Esta entrada fue publicada en Microrrelatos y etiquetada , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s