Y sin embargo se mueve

–¿No te has dado cuenta, verdad? En el tejado…

–¿Qué le pasa al tejado?

–La veleta.

–No he visto ninguna veleta.

–Sí. Había una.

–¿Y?

–Con forma de bruja.

–No me digas –dice la mujer con ironía.

–Se movió.

–Pues la verdad es que no lo vi. Además, las veletas se mueven, ¿no? Para eso están.

–No me gusta cuando te pones sarcástica. ¿Crees que me lo estoy inventando?

–No he dicho eso. Por cierto, ¿quieres que nos matemos?

–¿Cómo?

–Que sería mejor que encendieras las luces.

El coche desciende desde la zona más alta de la montaña por un río de asfalto rodeado de bosques de encinas y rocas gigantes de piedra caliza.

–¿Entonces esta tampoco te gusta? –pregunta ella.

–Es bonita.

–Es la tercera vez en una semana que dices lo mismo.

–Un poco cara…

–Sabes que eso no es problema.

–No te lo he dicho pero…

–No me lo digas. Vas a dejar tu trabajo.

–Es demasiado monótono. Todo el día igual. Me aburro.

–¡Pero si llevas meses!

–Te lo iba a decir estos días pero te vi tan ilusionada con lo de la casa que…

La mirada de la mujer se pierde en las dos luces alargadas sobre la carretera.

–Fue cuando nos despedíamos de la mujer. Te juro que la bruja se movió.

–Y dale. Las veletas se mueven…algunas todo el tiempo.

–Eso ya lo dijiste antes. Me da rabia que repitas las cosas.

–Antes no dije eso exactamente. Además, si no quieres que compremos la casa, lo dices y punto. No hace falta que inventes historias de veletas que se mueven misteriosamente.

–Yo no me he inventado nada.

–Desde que empezamos con esto no haces otra cosa que poner excusas. Que para qué queríamos una casa con piscina para dos días de calor que iba a haber, que si entre tanta montaña los móviles se quedan sin cobertura, que si la carretera es una mierda. Y ahora me vienes con la veleta que se mueve. Joder.

–Te juro por Dios que se movió. No hacía ni pizca de aire. Me fijé en un mechón tuyo. Estaba inmóvil, como un muerto. Y la maldita veleta se movió. Una veleta de hierro.

Ella ha ladeado su cuerpo y mira a través de la ventana. En la ladera, apenas puede alcanzar a ver campos casi verticales de cepas retorcidas y desnudas que se calan con el primer rocío de la noche.

–Además…a mí la casa me gusta –retoma él intentando el acercamiento, pero sus palabras se pierden dentro del habitáculo.

–Cariño, yo sólo quiero que seas feliz ­­–ahora alargando su mano–. Si deseas esta casa, la compramos. Lo único que te pido es que me creas. No estoy loco.

–Está bien. Te creo…Si no fuera por la bruja, ¿la querrías?

–Sí.

–Entonces la compraremos. Y arrancaremos la dichosa bruja.

–A lo mejor tampoco hace falta…

–O mejor: pondremos un gallo. Seguro que nos trae suerte.

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Acerca de Adrián

Me gusta contar y no hablo de matemáticas.
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