El acomodador

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“Last row” Christian Richter

Hace más de un año que en casa vivimos a oscuras. Dice mamá que tenemos que hacerlo por el bien de papá. Durante un tiempo teníamos las persianas bajadas, pero un día, ella nos dijo que los hilillos de luz que entraban por las rendijas también le hacían daño a papá. Por eso, ahora, todas las ventanas están tapadas con tablones de madera. En lugar de lámparas, de los agujeros del techo cuelgan unos cables que a mí me recuerdan a esas serpientes que asoman desde dentro de una madriguera. Tampoco hay bombillas, ni llaves de luz, ni flexos. Hasta la nevera se ha quedado a oscuras. Llevamos tanto tiempo viviendo así que yo casi he olvidado la cara de papá.

Antes de que llegara el verano pasado, Ari, mamá y yo habíamos estado esperando que papá llegara del cine para cenar juntos, como hacíamos siempre. Cuando le oímos llegar, más tarde de lo normal, él entró mirando al suelo. Iba con el uniforme puesto pero llevaba su gorra de plato (así nos había dicho que se llamaba) en la mano. También recuerdo que tenía los ojos brillantes y caídos.

Lo peor de vivir sin luz es que a veces te pones los pantalones más feos que tienes el día que quedas con la chica que te gusta. O que restos de pasta de dientes se te quedan pegados en la mejilla y en el colegio algunos se meten contigo. O que cuando mamá está hirviendo las berenjenas el agua desborda la olla y ella se quema. Y grita. Y, a veces, llora.

Tampoco ponemos la tele porque si por un casual papá sale de la habitación, la luz puede afectarle mucho. Cuando mamá no aguanta más enciende una vela, de las que no huelen. Y así podemos cenar bien porque vemos lo que comemos. Aunque yo creo que lo hace también para vernos a Ari y a mí.

Un día vino un médico que dijo que papá tenía no se qué de fotofobia pero yo, aunque no sabía qué significaba eso, supe enseguida que se equivocaba. Nunca se lo dije por no ofenderle y porque estaba convencido de que no vendría más. Y así fue.

Lo que más echo de menos de todo es ir al cine. Papá siempre se las apañaba para reservarnos las mejores butacas a los tres, justo en el centro de la sala. Se le iluminaban los ojos cuando nos veía allí. Para mí, era como un dios que le decía a todo el mundo dónde tenía que sentarse con un chorro de luz  que salía de su mano.

Lo que él no sabe es que yo encontré su linterna de petaca (papá siempre nos dice que hay que llamar a las cosas por su nombre) en una papelera vieja que hay enfrente de la sala. Y que la he utilizado para ponerle luz a una película que hemos hecho en clase como proyecto de fin de curso. Dice la profesora que ha quedado tan bien que va a reservar un día el salón de actos para que todo el mundo pueda verla. La película se llama El acomodador. Ojalá le guste a papá.

 

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Acerca de Adrián

Me gusta contar y no hablo de matemáticas.
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4 respuestas a El acomodador

  1. Estilo Hitchkoch, me encantó.

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