La maleta

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Poco antes de que los domingos fueran amargos entraban en la habitación con una prenda del otro en la mano. Sobre la cama, abierta de par en par como un océano, estaba la maleta. Y así, un día, él aparecía con un biquini floreado por si acababan zambulléndose con el tiburón blanco en Gansbaai y ella con un jersey de lana no fuera que viajaran a las Islas Svalbard a contemplar la aurora boreal. Así cada domingo del año, sin excepción. Pero una mañana, él se marchó. Y ella, después de meditarlo mucho sentada sobre el borde de la cama, selló la maleta con todo ese mundo dentro y la guardó en la parte superior del armario, justo encima de la ropa de domingo.

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Acerca de Adrián

Me gusta contar y no hablo de matemáticas.
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