Gen(ética)

CR Sasikumar

Lo hemos adoptado como un hijo más y actuaremos con él del mismo modo que hemos hecho con el resto. Le matricularemos en un colegio concertado. Dos tardes a la semana irá a inglés y natación. Aprenderá a tocar el violín o el piano. O ambos. Estudiará una ingeniería. Se casará con una mujer de buena familia y, si la suerte y la cabeza les acompañan, tendrán dos hijos. Por entonces, nosotros ya estaremos mayores y habrá que ver cómo se comporta llegado el momento decisivo. Viendo a sus hermanos, él es nuestra única esperanza para no acabar pudriéndonos en una residencia. Como les pasó a nuestros padres. Al fin y al cabo, los genes son los genes.

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Comercio local

Sus deseos de comprarlo todo en Marte provocaron que esa misma noche, saltándose todas las normas de movilidad impuestas por el Gobierno debido a una nueva pandemia que empezaba a asolar la Tierra, se montara en su cápsula espacial y pusiera rumbo al planeta rojo. Cuando semanas más tarde regresó con su vehículo interestelar dando eses por toda la galaxia a causa del exceso de peso por el cúmulo de víveres adquiridos, le costó reconocer su casa. A su alrededor, no quedaba rastro de ninguno de los comercios que habían permanecido allí durante décadas. ¿Qué habrá pasado?, se preguntó mientras abría la lata de saltamontes deshidratados y daba un trago a su cerveza “extremadamente amarga”.

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Vocación

La mejor manera de canalizar mi vocación siempre fue enterrando cosas. Primero, las canicas de alabastro, las chapas con caras de futbolistas, las muñecas de porcelana de mi hermana. Más adelante, las lagartijas de pared, los escarabajos peloteros, los ratones de campo. Pero el día que vi a mamá besándose con aquel hombre que en pueblo nadie conocía, fueron mis ojos, mi boca y mi corazón los que se llenaron de tierra. Esa misma noche lo enterré con la pala que me había regalado papá poco antes de morirse. Luego vinieron todos los demás. Tuve clara mi vocación desde muy pequeño. Lo de enterrarlos vivos lo hacía solo por gusto.

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Por la boca muere el pez

“Death by drowning” Claire Gill

Cómo íbamos a imaginarnos que no sabía nadar si durante toda la entrevista se movió como pez en el agua. Cómo podíamos pensar que, meses después, seguiría siendo un mar de dudas en cada tarea que se le asignara y que por muy interesante que fuera el proyecto, siempre vería el vaso medio vacío. Cómo tener la más mínima sospecha de que sería en su primera presentación a cliente cuando decidiría tirarse a la piscina. El resto: cuando el agua le llegó al cuello y los tiburones de traje y corbata lo devoraron, sí lo vimos venir.

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El escondite

“Hide and Seek” David Zimmerman

Su marido era insufrible cuando jugaban al escondite. Podían estar buscándole durante horas y en muchas ocasiones incluso se les hacía de noche. No le importaba lo más mínimo que hiciera frío, que los niños tuvieran cole al día siguiente o ella una reunión de trabajo importante a primera hora. A pesar del empeño que ponían los más pequeños en encontrarle, siempre acababan rindiéndose entre lágrimas. Entonces, él aparecía riendo a mandíbula batiente, regocijándose de su enésima victoria, dando muestras, con aspavientos, de su enorme superioridad. Era agotador su marido. Y, además, un fantasma.

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Encontrando a Jacq’s

“Let’s do it”. Donatella Marraoni

Dígale, agente, que no tuve más remedio que matarle. Ella lo entenderá porque seguro que ha tenido tiempo de conocerle durante todos estos años. Cuéntele que yo misma me costeé aquellos denigrantes anuncios en un acto de desesperación y, después de arruinarme, seguí buscándole incansablemente. Hasta que le encontré. ¿Y sabe lo que me dijo mientras fumaba un cigarrillo y me miraba el escote? Que no me conocía. Y que él no se llamaba Jacq’s. ¡Cómo pude tener la venda en los ojos tanto tiempo! Y como comprenderá, agente, entre lo mal que me sentí y aquel aroma irresistible, no tuve más remedio que arrollarle con mi vieja Harley.

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El sustituto

Apenas acababa de decirnos que se llamaba Carlos, y que era el maestro que sustituiría a María para darnos Conocimiento del Medio, cuando clavó sus ojos en mí para, poco después, decir la sentenciosa frase:

–¿Eso también lo haces en tu casa?

Yo estaba de pie encima de la mesa, con la mano haciendo de visera y oteando un punto muy lejano del horizonte: no miraba al patio ni a la panadería de Julián ni al bloque de edificios que llamaban La Colmena y se situaba varias manzanas más allá. No, yo miraba mucho más lejos de todo eso.

Poco después, volví a sentarme sin haber respondido a su pregunta y él pudo continuar con la que sería la primera de muchas, muchas clases con nosotros.

Durante los siguientes días, no hubo una mañana que no sucediera la misma ecuación: yo pegaba un chicle bajo la mesa o lanzaba una bola de papel a la pizarra o le subía la falda a mi compañera de pupitre. Y él, siempre que se daba cuenta de mis fechorías, soltaba aquella pregunta de la cuál nunca obtenía respuesta.

Pero como en un cole las noticias pasan de boca en boca tan rápido como el bocadillo de recreo entre los mejores amigos, un día, al acabar la clase, me pidió que me quedara y cerró la puerta del aula. Fue entonces cuando se disculpó alegando que no conocía mi situación familiar. O mejor dicho, que no sabía que yo no tenía ni padre ni madre ni hermanos. Y mucho menos, casa.

A mí, aquella disculpa me dio un poco igual, la verdad. Digamos que me la esperaba, así que no hizo que cambiara para nada mi comportamiento. Él, por el contrario, hacía todo lo posible por evitar que nuestras miradas se cruzaran y tener que castigarme. Y, cuando lo hacía, se mostraba amable, divertido e incluso cariñoso conmigo.

Han pasado muchos años desde entonces pero hay algo que no ha cambiado: cuando alguna vez se rasca insistentemente detrás de la oreja o insulta a cualquiera que sale por la tele y le cae mal o se pone un calcetín de cada color en uno de sus múltiples despistes, yo siempre le cojo la mano y, mirándole a esos ojos que lo han vivido todo, le pregunto:

–Papá (me pidió que le llamara así poco después de que me acogiera), ¿eso también lo haces en tu clase?

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Últimas voluntades

–Dígale, agente, que la quise mucho.
–Descuide, que lo haré. Pero tengo una duda: le digo que “la” quiso o que “le” quiso.
–Hombre, pues yo creo que “la” quise.
–Como comprenderá, si usted la quiso o no a mí ni me va ni me viene.
–Quiero decir que es “la” quise porque ese “la” hace referencia a ella, que sería complemento directo, ¿entiende?
–Yo, lo único que le digo es que a ver si las últimas palabras que ella va recordar de usted son un vulgarismo.
–Ya me hace dudar, agente. Mire, dígale que fue el amor de mi vida y punto.
–Mejor, así se evita problemas innecesarios.

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El apagón

Poco después de que un fogonazo como de cámara antigua se colara por la ventana y un trueno ensordecedor y lejano interrumpiera la conversación, todo quedó en penumbra delante de ellos. Se desvanecieron las luces rojas, verdes y amarillas del árbol. Se esfumó la discreta pero elegante mesa del salón: la vajilla con adornos florales, las copas de cristal tallado, la cubertería de plata, cuyos destellos también desaparecieron. Se fueron diluyendo, dejando un eco infantil y de nostalgia, las notas musicales del villancico que sonaba de fondo. Y se evaporaron, finalmente, los ojos llenos de lágrimas y la sonrisa a medias de mamá al otro lado de la pantalla del ordenador.

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Destino

Cansada de dar vueltas y vueltas durante años, la bailarina deja caer sus brazos y, tomando impulso, salta fuera de la caja de música. Ha oído hablar maravillas de su ciudad ­­–dicen que incluso hay un tren que va por debajo de la tierra­–, pero nunca ha visto más allá de estas cuatro paredes. Sin embargo, ahora está saliendo de la habitación, cruzando el salón, encontrando un resquicio junto a la puerta principal, atravesando el jardín y colándose entre los barrotes de la verja que da a la calle. Mientras camina, se ve en mitad de un gran escenario, junto a otras bailarinas­­ –siempre tuvo ese anhelo–, y siente el clamor de un público que la hace brillar como la joya más preciada de todas las que custodió bajos sus pies. Es en medio de sus ensoñaciones cuando se encuentra con la señal de metro recortando el cielo y, bajo ella, el seis, su número de la suerte. Siente una corazonada. Baja corriendo las escaleras que la llevarán hasta el tren que tantas veces imaginó. Lo que aún no sabe es que el seis, además de ser su número favorito, es también el número de la línea circular.

Seleccionado en convocatoria “Paisajes y Escenarios” de “Esta Noche Te Cuento” y publicación en antología.

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