Fe

«The fall» Jean Marie Gitard

Menuda decepción, pienso cuando empiezo a caer. Pero enseguida me repongo y abro todavía más los brazos mientras noto cómo todos los músculos de mi cuerpo se contraen a causa de la velocidad creciente. Quizá no he saltado lo suficientemente lejos. O no he sabido encontrar esa horizontalidad necesaria para poder planear como esos avioncillos de papel que tanto me gustaba ver volar. Entonces me doy cuenta de que pienso en pasado. Como si ya no fuera posible dar marcha atrás y todo estuviera perdido. Como si no tuviera yo derecho a presenciar un milagro por primera vez en mi vida.

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Se alquila corazón

Abrió con su propia llave, aunque no estaba seguro de si quería hacerlo. En el recibidor, una niña morena con trenzas se balanceaba feliz en un columpio rojo. La reconoció en aquella mirada. Siguió caminando hasta llegar a una habitación con las paredes forradas de pósteres y allí estaba ella, de adolescente, llorando desconsolada sobre la cama. En el salón, se vio a sí mismo de rodillas frente a su futura mujer. No pudo soportar un recuerdo más y se marchó cerrando la puerta principal tras de sí. Tiró la llave en la primera alcantarilla que vio. No quería reconocerlo, pero en el fondo sabía que no había sido buena idea hacer una copia de la llave de su corazón.

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Perspectivas

Al nuevo inquilino de la puerta de enfrente me gusta observarle por la mirilla hasta verlo convertido en una caricatura. Contemplar cómo su cabeza disminuye quedando reducida a una especie de boliche de petanca mientras su tronco se expande como un big bang de piel y huesos y sus piernas se acortan tan ridículamente que apenas puedo aguantarme la risa. Sin embargo, cuando sale ella, nada se deforma, todo mantiene sus esplendorosas proporciones de escultura griega. Se mire por donde se mire, es perfecta, incluso más que antes, cuando era ella quien espiaba a los vecinos desde este lado de la puerta.

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Orfandad

«Poor child drawing» Vishal Dhiman

Por si la volvíamos a ver volar mirábamos al cielo buscando en las nubes cualquier atisbo de animal doméstico, de vehículo a motor, de juguete deseado. Pasábamos horas y horas apiñados junto a la ventana, con la cara pegada al cristal. Pero antes o después, ya fuera por el dolor de cuello, porque oyéramos ruidos en el pasillo o por pura decepción, acabábamos agachando la cabeza. Qué difícil era dejar volar la imaginación cuando toda nuestra existencia estaba concebida a ras de suelo.

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El día después

«The egg-eaters» Hilde Goossens

Al día siguiente hacíamos como si nada hubiera pasado. Mamá, que apenas podía moverse y con unas enormes bolsas moradas bajo los ojos, preparaba tostadas con mermelada de fresa para todos. Papá nos apartaba el pelo de la frente para besarnos y, acto seguido, marcharse dando un portazo. Mis hermanos y yo cantábamos canciones con la boca llena. Y cuando llegaba la noche, siempre era el mismo ritual: bajo la luz de la lámpara de araña, leíamos la biblia cogidos de la mano. Luego pedíamos el mismo deseo: que la próxima vez no fuera niña.

Microrrelato finalista semanal del concurso Relatos en Cadena de la Cadena Ser y la Escuela de Escritores

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La vida en los balcones

«Untitled Painting» Elina VG

Cuando se produjo el terremoto, la ciudad quedó en ruinas. Las banderas de la casa consistorial permanecieron enterradas bajo los escombros y los colegios enmudecieron, convirtiendo el griterío infantil en un cándido recuerdo. La muralla dejó de imponer su respeto vertical mientras los árboles conquistaban la acera opuesta tejiendo el adoquín de ramaje y hojas. Hasta los templos sagrados fueron abandonados por la fortuna divina. Todo se vino abajo, excepto los balcones. «Es un milagro», decían algunos; «no tiene explicación lógica», manifestaban los escépticos; «esto es cosa del santo», confesaban los más devotos. Mientras opinaban, contemplaban con incredulidad los balcones flotantes, carentes de una fachada a la que aferrarse pero perfectamente conservados: con su barandilla de hierro, su balaustrada repleta de ornamentos y su prolongación voladiza recortada sobre el cielo. Desde entonces, a la urbe se la conoce como la ciudad de los balcones y cada vez que un vecino atisba la inminencia de un peligro corre a refugiarse al balcón más próximo.

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Últimas palabras

Sonia leía, tumbada en el ataúd, su esquela. Organizar su propio funeral había sido la enésima prueba de un afán de protagonismo enfermizo. Mientras sus ojos recorrían las líneas que sus amigas le habían dedicado, todas la miraban expectantes. Se escucharon algunas risas flojas justo antes de que se incorporara como un resorte. Las allí presentes dieron un paso atrás. Su cara, pálida a causa del mortecino maquillaje, comenzó a enrojecerse. Los ojos, abiertos como los de un muerto reciente, expulsaban ira. De pronto comenzó a cubrirse de muecas hasta quedar deformada por culpa de un alarido que luchaba por salir: sus amigas, queriendo dotar al acontecimiento del máximo realismo, habían sellado sus labios para siempre.

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La promesa

«This great stick» Amy Bernays

Dominaremos juntos el universo, dice desde el otro lado de la verja. Cojo el balón y vuelvo con los otros distraído. Por primera vez desde que viene por el colegio dice algo que me llama la atención. Ni los caramelos, ni los cromos, ni siquiera las monedas con las que convenció a Enzo, Jaime y Álex hicieron que me planteara seguirle. Pero esta vez es diferente. Tanto es así que no puedo quitarme de la cabeza lo que ha dicho. Mi equipo se enfada porque me meten un gol tonto. Frente a las escaleras, me cuesta mantenerme en la fila. No llevamos ni cinco minutos en clase cuando levanto la mano: profe, me duele mucho la tripa, ¿puedo irme a casa?

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La duda

Recorro su cabecita con mis membranosas manos. Su piel es suave, como la nuestra, pero casi blanca. Me acerco un poco más a él. No identifico su olor aunque resulta agradable. Inesperadamente, un fogonazo atraviesa la ventana. Es hora de irse. Retiro la sábana y lo llevo entre mis brazos. Camino en silencio para no despertar al resto. Cuando llego a la puerta, la nave sigue suspendida frente a nosotros. Miro fijamente las luces de colores alrededor del anillo. Luego le miro a él. Pienso que mi cabeza va a explotar. También pienso en que si ya tenemos un súper cerebro, ¿qué necesidad había de implantarnos un corazón?

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Una palabra tuya

«Writing lovers» Jack Ceal

Ayer empezó a dibujarle en el brazo una “t” mayúscula. Ella, que unos segundos antes se mostraba inquieta por saber si esta vez él sería capaz de sorprenderla, puso gesto mohíno cuando a la “t”, le siguió la “e” y, poco después, la “q”, la “u”, la “i”… Claro que a ella le complacía que él imprimiera su amor en cualquier recodo de su cuerpo, por pequeño que fuera. Pero le apenaba su falta de originalidad. Ella, en cambio, le regalaba haikus luminosos, greguerías de otro tiempo, aforismos caídos del cielo. Lo que ella no sabía es que a él todavía le faltaba por escribir una última palabra.

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