La magia de la Navidad

Aunque ya empezaba a tener sospechas –mezcla del cada vez más desarrollado hemisferio izquierdo de su cerebro y los continuos chismorreos en el colegio durante las semanas previas– se negaba a dejar de creer en los Reyes Magos.

Tal vez por eso, o quién sabe si precisamente por todo lo contrario, llevaba un buen rato dando vueltas en la cama en la que todavía seguía siendo para él la noche más importante del año.

Una vez aceptada la imposibilidad de concebir el sueño, de ni siquiera ser capaz de poner su mente en blanco o de, simplemente, pensar en otra cosa, se quitó la manta de encima, se puso las pantuflas con el escudo de su equipo de fútbol favorito y bajó al salón. En una esquina, se elevaba con gran esplendor el árbol de Navidad. De todo lo que adornaba el arbusto: luces de colores que se encendían y apagaban, casitas de madera con chimenea, renos sonrientes, espumillón color plata, bastones de caramelo o la estrella fugaz en lo más alto, se fijó en una de las bolas. Era roja, estaba colocada más o menos en el centro del árbol, a la altura de su cintura, y brillaba como lo hace el primer sol de la mañana sobre el mar. Al mirarla de cerca, vio cómo su cabeza tomaba la forma de un limón y sus ojos se agrandaban y se separaban al mismo tiempo, amenazando con salirse de sus cavidades. Jugueteaba con la bola, acercándose y alejándose, para ver cómo su cara crecía, disminuía, se deformaba, se convertía en otra cara. Luego acercó sus manos a la bola en posición de garras y los dedos se asemejaron a los de un anfibio, con las yemas redondas como aceitunas y las falanges largas y huesudas.

Había más bolas: unas recubiertas con una especie de capa de nieve o rocío, otras con efecto mate, las menos, compuestas por diferentes formas geométricas. Pero ninguna de ellas era como la bola roja.

Ocurrió de repente: se puso delante de ella, se elevó de puntillas para ganar unos centímetros y se bajó los pantalones del pijama. Con algo de vergüenza, se acercó a la bola todo lo que pudo y comprobó cómo su soldadito –así lo avergonzaba su madre– escalaba de rango hasta convertirse en capitán general. Se le escapó una sonrisa curiosa y continuó disfrutando de aquella visión durante algunos minutos más. Luego se subió los pantalones y emprendió el viaje a la habitación con una sensación desconocida y agradable. Apenas se dejó caer sobre la cama, se durmió profundamente.

A la mañana siguiente notó una voz a lo lejos que poco a poco fue haciéndose más real. Cuando entreabrió los ojos, vio la cara de su madre pegada a la suya y se molestó. Han venido los Reyes, le dijo con una sonrisa exagerada. Pero a él aquel anuncio le trajo sin cuidado. Bajó las escaleras tranquilamente, abrió sus regalos con una ilusión disimulada e intentó expresar alegría y sorpresa alternativamente con gestos y palabras.

Cuando levantó su mirada de los relumbrantes y todavía sin estrenar juguetes, vio la bola, roja, perfecta, redonda refulgiendo en el centro del árbol. Entonces sonrió de verdad.

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Vacío

El segundo volumen de su preciada colección no aparecía por ninguna parte. Había puesto la casa patas arriba –más de lo que estaba cuando llegó– buscándolo por todos los rincones. Pero nada. Era lo único que se habían llevado. El primero y el tercero seguían allí, colocados verticalmente en la estantería, como si tal cosa. Se dejó caer exhausto. Hacía un calor horroroso. Miró el hueco entre ambos volúmenes y pensó en una boca mellada. Un rayo atravesó su mente. ¡Los niños!, gritó antes de salir despavorido. Los había dejado solos en el coche hacía más de una hora. A los tres.

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Tierra pasada

Cogí semillas de zanahorias y me puse a sembrar como solíamos hacer entonces. Pasé los primeros días, y alguna noche, mirando aquel metro cuadrado de tierra oscurecida. Pero como entonces, observarla no fue suficiente y acabó apareciendo en mí la tentación de tocarla, de arañarla, de coger un puñado y dejarla escurrir entre mis dedos, de arrodillarme, pegar la cara al suelo e inspirar profundo después de que hubiera llovido. Así pasaron los dos meses y, como entonces, escarbé y ni rastro de zanahorias. Pero esta vez, encontré algo. Era ella, diciendo lo que entonces y siempre decía: hija, hay dos cosas en la vida que no deben removerse: la tierra de cultivo y el pasado.

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Cambio de hora

«Alarma Clock» Marc Ocaña Escudé

Justo en el momento en que se produzco el cambio de hora, el país entero se desorientó. Los jóvenes y no tan jóvenes que andaban de fiesta nocturna comenzaron a formar largas colas frente a oficinas de Correos, floristerías o panaderías. Estos últimos fueron los que más tiempo permanecieron allí alentados por la luz que se intuía en el interior del local a esas horas de la noche. Otros, los más madrugadores, se despertaron esa misma mañana apresurados para sacar al perro hasta que tras varias vueltas a la casa se dieron cuenta de que allí no había ningún perro. Fue el primer domingo en que las iglesias no celebraron misas, no porque no hubiera asistentes sino porque tampoco hubo quien la oficiase ni siquiera quien se acercara allí con la intención de abrir las puertas de la casa de Dios. Las familias que habituaban a ir a la sierra, acabaron, varias horas después, y tras un viaje que se había alargado debido a los atascos, encontrándose con el mar. Allí, bajaban y lo contemplaban sin más porque ni hacía buen tiempo ni llevaban ropa adecuada. Los más optimistas extendían el mantel a cuadros sobre la arena y daban cuenta al picnic. Después volvían a sus coches y emprendían el camino de vuelta a ninguna parte. Durante meses, la gente comenzó nuevos trabajos, los niños cambiaron de colegio y las parejas que habían pasado separados aquella noche, no se volvieron a encontrar. Poco a poco la vida fue volviendo a la antigua normalidad hasta que una noche, tiempo después, hubo un nuevo cambio de hora y en ese mismo instante, todo el mundo se sintió, otra vez, desorientado.

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Fuerza de arrastre

«The view from here» Kathy Gray

Sin poder superar su muerte es arrastrada cual barquito de papel que acaba chocando contra el borde de la bañera. Como las hojas quebradizas del otoño que son arrinconadas por la escoba del barrendero hasta acabar formando vaporosas montañas. Se deja llevar igual que un pececillo más del cardumen a merced de la red de pesca. Todo a su alrededor la hace retroceder. Kilómetros y kilómetros dando pasos atrás. Meses y meses yendo a contracorriente. Pero cuando por fin llega al borde del acantilado, pisa tan fuerte que se levanta una nube de polvo bajo sus pies y sin mirar ni las rocas, ni el mar, ni todo lo que podría imaginar más allá, vuelve a empujar, tierra adentro, el carrito vacío.

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Los árboles que no dejaban ver el bosque

«Oasis of silence» André Wagner

El bosque estaba ahí, esperando a ser visto como antaño. Pero un día, se le acabó la paciencia y arrancó de cuajo las encinas, los pinos carrascos y piñoneros, los madroños y los quejigos, las sabinas y los alcornoques. Ni un solo árbol quedó en pie. Todos se fijarán en mí otra vez, gritó en mitad de un paraje desolador. Pero las jaras, el romero y las zarzaparrillas, siempre a la sombra de la majestuosidad de los árboles, sabían que se equivocaba. Porque nadie puede ver un bosque donde ya no hay un bosque.

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La fiesta de la geometría

«Back to school» Vita Schagen

Los primeros compases de la banda iniciaron las fiestas. Avanzaban dibujando en el aire todo tipo de figuras circulares: una rueda, un sol, los ojos de un búho en la noche. Tras ellos apareció una alineación de reglas de diferentes longitudes que crearon una carretera infinita y un horizonte próximo. Siguieron las escuadras y los cartabones que, apoyados los unos en los otros, trazaron una casa con tejado en forma de A, una estrella de mar y una cordillera nevada. Los transportadores de ángulos, a los que nadie conocía por su nombre, imaginaron un atardecer de cien grados y unos fuegos artificiales. La fiesta de la geometría podía empezar.

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Trapos sucios

Ayer, paseando por la sección de “Utensilios de cocina y Repostería” de Ikea me llamó la atención un rótulo que señalaba los cajones que había bajo la encimera y decía: “Trapos Sucios”. Al abrir el primer cajón encontré una pila de paños de cocina perfectamente doblados y perfumados, con apariencia de estar recién salidos de la fábrica. Tomé el primero de ellos y lo extendí por completo para comprobar que, en letras bordadas, había algo escrito: “Tuve un lío con mi vecina”. Tras digerir aquello, sentí una enorme curiosidad y cogí el siguiente. Lo desplegué para ver su contenido: “Perdí seis mil euros en las apuestas”. Y luego hice lo propio con otro más: “Guardo una colección de películas porno en el armario”. Así, fui sacando del cajón hasta una docena de trapos cuyos mensajes cada vez me desconcertaban más.

–¿Le puedo ayudar? –preguntó de repente alguien a mis espaldas.

–Solo estaba mirando, –respondí sin saber qué decir ni ser consciente de la que había liado a mi alrededor.

Conduciendo de vuelta a casa, seguía sin poder quitarme de la cabeza la absurda idea de que alguien llevaba mucho tiempo espiándome.

Microrrelato seleccionado en la convocatoria «La vergüenza» de Esta Noche Te Cuento y publicación en libro.

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Gen(ética)

CR Sasikumar

Lo hemos adoptado como un hijo más y actuaremos con él del mismo modo que hemos hecho con el resto. Le matricularemos en un colegio concertado. Dos tardes a la semana irá a inglés y natación. Aprenderá a tocar el violín o el piano. O ambos. Estudiará una ingeniería. Se casará con una mujer de buena familia y, si la suerte y la cabeza les acompañan, tendrán dos hijos. Por entonces, nosotros ya estaremos mayores y habrá que ver cómo se comporta llegado el momento decisivo. Viendo a sus hermanos, él es nuestra única esperanza para no acabar pudriéndonos en una residencia. Como les pasó a nuestros padres. Al fin y al cabo, los genes son los genes.

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